Si la historia de los mundiales hubiera iniciado quince años antes, hoy en el mundo no sólo habría dos tetracampeones (Italia y Alemania). Al suroriente del continente americano existe un pequeño país que tiene una historia futbolística que rebasa las dimensiones de su territorio, Uruguay. La selección uruguaya es históricamente una potencia del balompié por excelencia. Sus dos títulos en copas del mundo y los quince títulos en tierras americanas engalanan sus vitrinas repletas de laureles deportivos.
A pesar de que siempre se le acusó de representar al anti-fútbol por la rudeza con la que disputan los partidos y por lo aguerridos de los jugadores que defienden esa gloriosa camiseta celeste, nunca inclinaron el rostro de vergüenza por el fútbol que defienden. Uruguay es cuna de verdaderos guerreros que desde el día en que llegan al mundo reciben el aura charrúa que los acompañará de por vida.
Antes de que se instaure el régimen de los campeonatos mundiales de selecciones, la máxima gloria para un seleccionado nacional era obtener la medalla de oro en los Juegos Olímpicos. En 1924 y 1928, la selección uruguaya había obtenido ese galardón en dos ocasiones y para ellos representan sus dos primeras copas del mundo. Lamentablemente la historia de los mundiales iniciaría recién en 1930 donde el anfitrión, Uruguay, levantaría la primera copa del mundo. Además hasta ese año, ‘La Celeste’ había obtenido seis títulos en propio continente americano (1916, 1917, 1920, 1923, 1924 y 1926). No era coincidencia que durante los primeros del fútbol internacional, los charrúas eran la potencia máxima de este deporte.

